Primus
Frizzle fry
Caroline
1990

 

Recuerdo con absoluta claridad la primera vez que escuché este disco. Mi amigo Vásquez (a quien no veo hace años) me prestó un cassette de 90 minutos que tenía en el lado A, Purple de Stone Temple Pilots y, en el lado B, un nombre que no significaba nada para mí. Cuando terminó ese maravilloso disco, dejé correr la cinta. “To Defy the Laws of Tradition” abrió el lado B y, en cuestión de segundos, supe que algo no encajaba con nada de lo que había oído antes. Primus era raro y técnico, una absoluta revelación, había conocido mi banda favorita de la vida y apenas me daba cuenta.

Primus atravesó varios cambios en sus primeros años hasta estabilizarse como el trío que definiría su identidad, Les Claypool en bajo y voz, Larry LaLonde en guitarra y Tim “Herb” Alexander en batería. No eran músicos improvisados. LaLonde venía de Possessed, referencia temprana del death metal, y los demás también habían tocado profesionalmente antes. Así que para financiar las grabaciones iniciales (que luego se conocerían como Suck on this), Claypool pidió dinero prestado a su padre. Tiempo después de este demo, Caroline Records decide ficharlos y el grupo entra al estudio a grabar su álbum debut, Frizzle Fry, en 1990.

El álbum combina material nuevo con piezas ya probadas en vivo, pero funciona como una declaración de principios. Es un cruce absolutamente diferente entre una especie de funk metal, rock experimental, thrash técnico y ese absurdo avant-garde proveniente de San Francisco, especialmente de The Residents y su sello Ralph Records. Por otra parte, la jerarquía sonora es clara, el bajo es el claro protagonista. Pero reducir Primus a un ejercicio solista es un error absoluto. No se pueden ignorar esas guitarras de LaLonde, cargadas de una desproporcionada cantidad de riffs y melodías disonantes; tampoco se puede obviar esa maravillosa batería milimétrica y polirrítmica de Alexander. No se puede, simplemente no se puede, porque esos tres estaban destinados a tocar juntos y lograr consolidar uno de los proyectos musicales más increíbles. Una rareza de esas que ni por la cuaresma se ven.

Tanta fue la impresión que me produjo este disco, que luego de escuchar esa cinta corrí a comprar la copia en CD que aún conservo. No sé cuántas veces habré escuchado y disfrutado este disco, tanto, que he memorizado cada compás de él. Sin embargo, aunque ya no me mueven como cuando era adolescente, hoy percibo algo más claro, siento que aquí, más que virtuosismo exhibicionista, hay identidad. Además, cada canción está dictada por un patrón de bajo distintivo y entre largos pasajes instrumentales, flota esa voz aguda y nasal que se convertiría en marca registrada.

Mucho tiempo después, cuando ya no me obsesionaban tanto, tuve el placer de verlos en vivo. En ese concierto, otro querido amigo, Rodrigo, decidió venderme su copia firmada por los tres. Yo, con algo de duda al comienzo, decidí comprarlo. Fue una compra de la que me arrepentí brevemente, pero ahora, absorto por la nostalgia, atesoro como un objeto sagrado.

Frizzle fry es un gran álbum debut, pocos discos han sido tan originales y refrescantes como éste.